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Tengo una cita

Voy caminando pensando en los cubitos de azúcar con leche que ando buscando. Son mi perdición. Llegando a cualquier tienda que venda artículos occidentales lo primero que me ofrecen es chocolate, es una de las cosas más preciadas y extrañadas entre los extranjeros, cosa rara, no lo extraño, ni he comido en mas de un mes, pero estos cubitos me matan.

La mayoría de mis compañeritos hartos de la poca variedad del lunch se fueron a comer pasta a no sé qué lugar, no tuve ganas de ir con ellos y en cambio decidí premiarme con este postrecito. Ha salido un poco el sol después de tanta lluvia. Estoy en la bajada de la gente que pide limosna,  tiene cada uno su lugar bien organizado y si no les das no son agresivos ni te molestan, no tienen tristeza es los hombros, parece que ni su extrema pobreza los hace miserables. Tengo un amigo con la sonisa mas hermosa del mundo que se sienta abajo del árbol, aunque no le des dinero te regala una sonrisa y saludo cada vez que pasas por ahí, su piernas no funcionan. Así es Rishikesh.

Escucho mi nombre, no reconozco la voz y sigo caminando y entonces llega. Ya se me había olvidado su cara y su cabello brilloso y ondulado. Nos saludamos. Me pregunta a donde voy y le digo que ando buscando un dulce. Se ofrece a llevarme en su moto.

Nos conocimos hace algunos días en la calle, yo iba de regreso a Krishna y se acercó a mí con su camisa de mezclilla azul y me preguntó mi nombre y mi nacionalidad. Le he dicho que soy mexicana y contestó que las Mexicanas somos muy hermosas. No tengo duda de eso. Me pregunta directamente si quiero ser su novia.  Así, de la nada. Le digo sorprendida que no. Me ha dejado un poco divertida y otro poco en shock. ¿Cuándo fue la última vez que “se me declaró” un hombre? Uff

-¿Por qué? Me pregunta con una mirada coqueta.

-Porque no nos conocemos, le contesto con la firmeza que me queda, me mira bonito y eso me dificulta ser dura.

Me propone un trato, ser amigos por unos días y entonces yo tendré que pensar si quiero o no ser su novia. Me pide mi número, yo no tengo celular de India y entonces le doy algo para que apunte el suyo.

Las manos le tiemblan cuando lo escribe.

-Me pones nervioso. Y hay algo en su temblorina y en la manera en que me mira que me conmueve profundamente.

No puedo recordar la última vez que puse a un hombre tan nervioso como para que le temblaran las manos. Me despido.

-¿Vas a llamarme? Me grita a lo lejos…

– Podría. Contesto. Podría.

Lo tengo enfrente ahora con una camisa blanca que parece recién planchada, una vez más en su moticicleta. Soy precavida, siempre, hasta cierto grado temerosa cuando se trata de conocer a hombres y más aún extranjeros, le digo que si quiere me acompañe pero caminando. Me dice que si pero que estacionemos primero la moto. Me subo y procuro no agarrarme mucho de el para evitar contacto físico. Me da pena.

 Empieza la pitadera de cláxones para que la gente se mueva y pasemos como lo hacen todos los motociclistas y tengo delirio de persecución, siento que todos me están mirando. Estoy nerviosa.

Le muestro una fotografía del dulce que ando buscando y dice un nombre en Hindi que no puedo recordar a pesar de que me lo han dicho muchísimas veces.

-¿Quieres que te lleve a donde los venden? No es lejos. Me arriesgo y le digo que sí.

Después de un breve recorrido en el que siento como se me ondea el cabello suelto y me creo la protagonista de una película chistosa,  llegamos a una tienda que exhibe en una vitrina todos sus postres con los precios y letras que no entiendo.

No está el dulce que estoy buscando, en cambio escojo uno de bolita que él me recomienda.

Se acerca al mostrador y pide, le dan dos, me da la bolsa de papel y nos sentamos en las mesas a comerlos. Empiezo con el mío sin acordarme de que estaba nerviosa y cuando le doy a él el suyo lo descubro mirándome, no se lo quiere comer, dice que es para que me lo lleve a la escuela y que le gusta cómo me como el dulce. Me apena y me pregunto si tendré algo atorado en los dientes y me doy risa.

Me platica que es maestro de yoga y al ver mi cara de incredulidad me muestra unas fotografías de él prácticamente en calzones haciendo asanas muy complicadas. Le creo entonces.

Empieza a llover. Quiero volver temprano al ashram para estudiar antes de la clase de las 4.

-¿Quieres ir por un chai el sábado?

Mi primer reflejo es mentir y decirle que me voy de la India pronto o que tengo novio o cualquiera de las mentiras que siempre digo, pero en ese momento me viene a la cabeza Karen (mi amiga china/canadiense) diciéndome, ¿Por qué siempre les dices que no? Aún no me perdona haber bateado al compañero que me invitaba a correr y a estudiar con el cuándo empezó el curso. Es guapo pero no es mi tipo. Feo o guapo me tiene que hacer temblar las piernitas digo yo… o nada! Y… !pues nada!

Y entonces pienso en mi hermana “Es que además de exigente eres miedosa, ¿así como?…” , me acuerdo de OF diciéndome en un abrazo interminable antes de venirme para acá, dile que si a la vida y para acabar casi puedo escuchar a mi amigo hipo diciéndome “¡estas cerrada al amor!”

Ésta última frase me aterroriza, me he preguntado muchas veces en los últimos meses si será cierto, ¡no quiero estar cerrada al amor! me gusta sentirme querida y querer y que me tomen de la mano, nací cursi pues y aunque me queda claro que no lo voy a encontrar aquí, porque no lo ando buscando, tengo la cabeza metida entre maíces y chayotes es mi justificación, sin embargo la idea de estarme cerrando de manera deliberada a algo nuevo y diferente por miedo es más horrible que nada así que decido aceptar su invitación.

Se supone que lo voy a ver mañana a las dos de la tarde con mi chaiero de confianza, quiso recogerme pero le pedí encontrarnos ahí, no me gusta que la gente a la que no le tengo confianza sepa en donde vivo (otra de mis cosas raras).

Hoy a más de un mes de estar aquí, sin tener rastro del queso menonita, pensando aun en una sopita de brócoli mientras escucho a te mando flores, tengo una cita.  Que vaya o no, esa… es otra historia.

Clo

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