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Mi cachorro y yo.

Nunca acaricié a un animal. En casa teníamos un pastor alemán color café, lo llamamos Don Cuco y su función era cuidar la casa y ya. Después tuvimos un Rottweiler que se llamaba Rey, lo cargué probablemente una o dos veces de cachorrito y ahí terminó nuestra relación.

Yo vivía con alergias que de acuerdo a los doctores se agravarían por el pelo de los perros y eso ayudó a que no desarrollara un deseo genuino por tenerlos cerca de mí. Cuando veía a la gente querer a sus animales o abrazarlos sentía una especie de repulsión al imaginar la cantidad de mugre que llevan en su pelaje y un asco tremendo al pensar en quien sabe qué lugares habían puesto el hocico o las patas. Los animales eran para mi un sinónimo de excremento, pelos, baba, pipí, ladridos, zapatos mordidos, olor, ¡ay no! ¡Guácala! Yo nunca, nunca, nunca. ¡Qué horror!

Un día, de la nada, transitando por una calle vimos a dos Bulldog  guapísimos, eran los papás de mi gordo, nunca quise en realidad un perro, pero pensaba que tal vez algún día aceptaría en mi casa a uno con la condición de que no sería mi responsabilidad, sin tener en la mente una expectación de cuando sería eso o de si realmente sucedería, pero un mes después de seguir a esos perros hasta la casa de su criadora Igor entró en mi vida para cambiarla de manera drástica por siempre.

Él tenía 3 meses, era un cachorro esponjoso y gordito, la bola de pelos más bonita que he visto, le compramos inmediatamente una casa gigantesca y una pequeña camita, lo escogimos porque entre sus seis hermanos, era el más travieso de todos, era super chistoso y lindo, pero evidentemente, cuidarlo y mantenerlo limpio y sano jamás sería mi asunto.

Cuando llegó a casa estaba asustado, lo teníamos enfrente y supongo que por el miedo por unos minutos se durmió parado. Era noviembre y hacía frío y compramos un suéter para él que lo hacía ver muy tierno. Mi papá que no es para nada amante de los perros accedió a recibirlo porque sería cuestión de pocos meses antes de que Igor y yo nos mudáramos hacia nuestra nueva vida.

La primera noche que pasamos juntos ninguno de los dos dormimos, les prometí a todos que el se quedaría fuera en su casa, pero en la madrugada salí a verlo, no pude imaginarme el miedo que el sentiría de saberse solo en un lugar extraño y sin sus hermanos y ahí empezó a ganar terreno en mi corazón sin que yo me diera cuenta.

A veces salíamos de fin de semana o vacaciones y yo me escabullía a ver que estuviera bien cuando lo escuchaba llorar con el pretexto de sentirme mal del estómago y así poco a poco me convirtió en su humana y yo lo hice mi compañero. Nos hicimos cómplices y amigos.

Lo he visto tocar el pasto por primera vez, volverse loco con las pelotas, comer salchichas, brincar torpemente para alcanzar globos de gas, conocer el mar, enojado recibir un baño, atragantarse con trocitos de carne, masticar piedras, perseguir mariposas, fastidiarse de mi cuando lo disfrazo, asustarse con los bultos grandes, recibirme con una interminable fiesta cada mañana al verme bajar las escaleras y un poco apenada acepto que lo enseñé a ladrar.

Él me vio enamoradísima con arocíris saliéndome de las orejas haciendo planes y planes, de pronto llegar confundida sin saber qué es lo que estaba pasando, me lamió la cara para secarla y se comió mis tristezas, me recibió en su casita las muchas noches que sintiéndome como un ave moribunda con el corazón destrozado, me metí a llorar con él, me despidió para ir a la búsqueda de mi misma y después de muchos meses, me recibió de regreso, fiel, amoroso y mío.

Me ha visto hacerme vegetariana, vegana y me ha acompañado a los tacos de suadero que nos gustan a los dos. Me vio hacerme flaca de la noche a la mañana y colaboró acostado en mi regazo a que las curvas volvieran mientras nos deborabamos juntos un tarro de crema de cacahuate.

Ha sido a su manera testigo de mi vida y yo de la de él.

Vivir no es una alameda encendida por las jacarandas pero creo que si confías en el camino y te dejas llevar y aprecias los detalles chiquitos que además son gratis,  la felicidad solita te encuentra y casualidades así de hermosas te sorprenden en algunos tramos y permanecen contigo.

No creo en el eternamente, ni en el vivieron felices para siempre, pero creo que esta amistad que juntos hemos formado y que difícilmente puedo explicar, traspasa cualquier barrera. A veces ni yo sé por qué me quiere tanto. Qué suerte es ser un humano y tener a un Igor (perro, gato, tarántula, puerco o lo que sea) con quien tener esta gran conexión, porque personas entran y salen de tu vida, pero ellos por alguna razón ahí se quedan.

Quién diría que en un cuerpo tan pequeño puede caber tanto amor.

La humana, compañera, amiga, cuidadora, mamá gallina y apapachadora de Igor.

Clo.

*La primera noche de Igor.

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4 thoughts on “Mi cachorro y yo.

  1. Que buen relato, me encantó, yo también tengo un Igor en casa, la mía se llama Mika, chihuahueño, alarma a la orden, pero es mi todo….la queremos mucho y ella nos adora.

    1. Hola Miguel, suertudos nosotros que recibimos tanto cariño de ellos, yo no puedo creer aun poder quererlo tanto y que el me quiera a mi. Apapacha mucho a mika!!! Un abrazo grande a donde andes!

  2. Querida Ana los animalitos siempre sacan lo mejor de uno y el tuyo es un perrito muy especial que entiende y se acomoda a todo , que gran regalo tienes con tenerlo felicidades, saludos y besos.

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