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Dejar ir para florecer.

Dejar ir.

Solo porque sí. A veces los porqués no se entienden y las razones son ilegibles. Dejar ir, sólo porque sí, porque no es tuyo, porque solo tú eres tuyo. Tu amiga, tu proyecto, tu compañero,  no te pertenecía, sólo caminaban juntos y ahora ya no. Los humanos somos etéreos y las promesas se desvanecen. Si los árboles cambian de hojas, el agua se transforma, tu dejas de ser lo que piensas que eres aun sin darte cuenta y los otros… ellos también cambian.

Está bien crecer y querer otras cosas, está bien que los demás crezcan y quieran otras cosas.

Llegan las preguntas, la mente metiche y mal acostumbrada necesita encontrar un motivo siempre. Y busca, desesperada escarba, sobreanaliza, y les pregunta a todos aquello que se pudo haber evitado, lo que pudo haber cambiado el resultado que en este momento te está trayendo tanto dolor. Al final las cartas están echadas y no hay nada que se pueda cambiar, pero la mente acomplejada busca, para justificar su existencia para confundirte a ti.

Está inquieta como nunca, no te deja dormir, te dan ataques de angustia. Repasa cada instante desde el día uno, nada se le escapa, detalle a detalle quiere saber en qué minuto fue el fallo, en que momento se cambió en el postre el azúcar por sal. Y ¿Por qué? Sobre todo ¿Por qué a mi?

La incomodidad de reajustar los planes pica la espalda. La molestia de acomodar de nuevo el mundo se disfraza de depresión y melancolía. 

Cambios, incertidumbre, miedo.

Porque si y ya, porque era su tiempo, porque el proceso de intercambio y progreso se había acabado, porque si. Las vueltas al sol están llenas de muchos adioses, algunos dejan cicatrices, otros hacen espacio a tiempo para la piel nueva y sanan sin grandes marcas.

Hay situaciones que duelen pero que son mandatorias para crecer. Hay quien aporta más a tu vida cuando ya no está presente. Hay gente que necesita no estar contigo para que te conviertas en la persona que tienes que ser. Porque somos nosotros, pero también somos aquello de lo que nos rodeamos.

Y así los porqués con paciencia, sin estar frente al reloj, encuentran su para qué y un día, ya en paz, ya en calma, verás que todo desde su génesis tenían sentido.

Y no, no te quedes esperando a que lo divino te encuentre; crea, desarróllate, aprende y poco a poco los planes de la vida, el objetivo de cada piedrita, de cada flor encontrada, de cada sombra aprovechada y cada calorón sufrido en la jornada se van a ir mostrando ante tus ojos más maduros, más sabios, más humildes.

Dejar ir.

Observarte con calma y ver constructivamente todo lo que puede ser mejorado. No te concentres en los errores del exterior esos no son responsabilidad tuya, podrán crecer como tú en el proceso, o no. Mírate de frente, sin miedo y con gentileza, mírate honestamente ahí y empieza la depuración, deshazte de lo que no te gusta, tira a la basura lo que haces que te lastima y deja ir.

Dejar ir.

¿Qué no te lo merecías? No sé cómo se determina la justicia de la vida y cómo se asignan los merecimientos, lo cierto es que atraemos a la gente que nos merecemos, las situaciones que creemos inconscientemente que nos corresponden y solo hasta que decidimos que queremos algo más les abrimos la puerta.

Dejar ir en calma y valorando. Dejar ir sin berrinches, cantaletas ni dramas, con toda la gracia que sea posible, entendiendo que los para siempre nunca existen y eso no tendría que ser malo, incómodo tal vez y probablemente difícil pero no malo.

La vida se encarga de llevarnos al sitio que nos corresponde y de acomodar a cada persona y cada situación en el lugar correcto en el tiempo correcto. Ten paciencia.

Dejar ir. Atesorar lo bueno. Guardarlo cerquita del corazón y despedirnos con amor de quien fuimos y de quien nos acompañó. Con ojos cerrados, porque no queda de otra. Recibir la lección que se presenta, con humildad agradecerla y entender que, aunque queremos el control hay días que no tenemos el control de nada.

Mandar luz, mucha, porque el mundo es redondo y lo que envías invariablemente regresa.

Desear el bien y seguir el camino, no hay que empezar otra vez, porque el aprendizaje, los recuerdos, lo expandido y fuerte que se hizo el corazón, la magia, lo compartido, esos en algún lugar del universo se quedan. El recorrido es parte de tu historia y esa es solo tuya.

No es necesario un nuevo inicio, solo hay que decir adiós, seguir caminando y observar cómo poco a poco empiezas a florecer.

Clo.

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2 thoughts on “Dejar ir para florecer.

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