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Tenías razón Don Toño

Era una noche de verano. Mi abuelo celebraba su cumpleaños número cincuenta y nueve y como cada año se reunían sus amigos en casa en una fiesta organizada por mi abuela. Mis papás vivían en la ciudad de México y con ocho meses de embarazo mi mamá insistió en ir a la fiesta. Viajaron durante más de siete horas en una carretera bastante angosta y deteriorada, hasta llegar a Ayutla.

El tres de septiembre se pasó entre copas de brandy, agua de jamaica, coñac y música de tríos.

Cuando el sol se había metido, llegó la lluvia, acompañando amistosamente el paso de las parejas que bailaban de cachetito, el sonido de las guitarras y las voces de las amenas pláticas.

Como si el viento violento la hubiera provocado se dejó venir el agua con uno de esos diluvios bastante típicos en la época de huracanes, muy normales en Ayutla. Los invitados previendo lo que se avecinaba empezaron a marcharse.

Una hora más tarde mi mamá inició con malestares estomacales que atribuyó al exceso de tacos dorados con salsa verde y agua de Jamaica de ese día. Los dolores se acentuaron tan rápidamente como la llovizna se había convertido en tormenta.

Mi papá fue por el doctor Carrión que vivía del otro lado del puente grande. Era el único doctor en el pueblo. Se encontró con que el río había crecido tanto que reclamaba su cauce y sobrepasaba el puente por varios metros. Era imposible cruzarlo.

En casa mi abuela le pedía a mamá que respirara profundamente e intentara estar tranquila. Mi hermana de tres años jugaba con Basilia, la señora que desde hace veinte ayudaba a mi abuela en las labores domésticas y era también su confidente y amiga.

Por las calles empedradas fluía el agua revuelta, intempestiva, veloz. De los techos de tejas rojas caían chorros y chorros que alimentaban los improvisados y agresivos riachuelos.

La luz se había ido hace más de media hora y por experiencia sabían que no iba a regresar pronto.

Eran ya las 11:45 de la noche. A mi mamá se le rompió la fuente.

Olía a parafina, a barro, a lo que huelen los pueblos cuando la lluvia los visita y no se quiere ir. Olía a tierra limpia, a hierba fresca, a un cielo inmensamente gris que se alumbraba solamente con los relámpagos.

Mi papá se paró junto a mamá, con una mano la acariciaba y con la otra sostenía a mi hermana.

A sus pies, ya se encontraba Basilia ayudando a mi abuela.

Basilia había parido sin ayuda y en cuclillas a trece hijos de los cuales le sobrevivían nueve contando a Delfino el hijo al que un mes más tarde habrían de matar a puñaladas en una pelea.

Fue todo muy a prisa, nunca he sido paciente supongo.

Llegué a las 12:07 am, casi en el cumpleaños de mi abuelito Toño, algo que siempre creí era una señal divina de nuestra unión, complicidad y amor interminable.

– Es una niña, dijo Basilia mientras me envolvía en una sábana blanca con un borde de encaje que mi abuela acababa de terminar de coser. Tenía semanas preparando la ropa para mi llegada al mundo programada para octubre.

Mi papá parado en una esquina de la habitación se acercó a cortar con una navaja de rasurar el cordón que durante tantos meses me había alimentado. Fue un corte rápido, limpio, indoloro. Me miró austado porque yo no me movía, tenía un color púrpura, no lloraba. Me agitó, abrió mi boca pero nada cambió.

Pasaban los segundos a prisa y el silencio reinaba.

Mi abuela reclamó mi pequeño cuerpo para intentar despertarme, sin resultados. Yo estaba inmóvil, serena.

Afuera mi abuelo sentado en una mecedora de cuero, se tomaba un coñac puro mientras escuchaba en un viejo fonógrafo “Piel Canela” interpretada por Los Panchos y Eydie Gormé.

-No llora Toño, la niña no llora. Le gritó mi abuela.

Mi abuelo se apresuró a la habitación, me tomó entre sus brazos, envuelta aún en esa sábana de algodón ensangrentada. Me abrazó cerquita de su pecho y me dijo al oído:

– Abre los ojos mi niña para que veas esta locura que es la vida. Es muy bonita. ¡Te prometo que te va a encantar!

Y así cerquita, cerquita de mi abuelito, entre su calorcito, sus palabras dulces y su amor siempre bueno y paciente; abrí los ojos y recibí esa gran bocanada de aire que me infló los pulmones y me hizo llorar.

En una habitación alumbrada solo por las velas, en donde habría de pasar tantas y tantas noches con ellos, en donde aprendería a rezar el rosario, en la misma cama en la que, diez años después, un triste sábado el corazón de mi abuelito dejaría de latir; me recibieron mi hermana, mis papás, Basilia, mis abuelos y la lluvia; un cuatro de septiembre de hace treinta y un años, empecé a vivir.

Clo

Tenías razón ¡Qué bonita es la vida!

P.D. Al final la vida no es tanto lo que se vive sino cómo uno decide recordar. Éstas son mis memorias.

* Uno y treinta y uno.

uno y treina y uno

8 thoughts on “Tenías razón Don Toño

  1. Querida Vio mil Felicidades que Dios te bendiga siempre y muchos años más llenos de amor y salud un fuerte abrazo y besos te quiero mucho todo lo mejor😚

  2. Te admiro mucho amiga!
    Dios te bendiga y que tu felicidad y amor por la vida impacte en muchas personas mas.
    “Que bonita es esta vida”
    Abrazo fuerte!
    Ricardo E

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