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¿Nos quedaremos tras la novena?

Mi abuelo murió un primero de febrero a las seis de la mañana. El sábado más triste de mi historia. Cientos de personas se congregaron en su casa para darle el último adiós. Era una persona muy querida y llegaban regalos de apoyo a la familia que son comunes en nuestra tierra. La gente da su compañía, pero también dan ayuda, de acuerdo a sus posibilidades. Puede ser una veladora, dinero, copal, flores, maíz. Otros ofrecen la mano de obra para hacer y repartir el pozole, café y alcohol que ayudará a mantener despiertos a los que velan toda la noche, porque, aunque es un evento triste y difícil, las familias en Guerrero nos distinguimos por ser ante cualquier situación buenos anfitriones y hay llanto y pena, pero también comida, bebida y música.

Tuvimos incontables muestras de amor y solidaridad. Indígenas que bajaron de sus municipios a decir cosas buenas de mi abuelo quien les ayudaba a redactar y leer cartas porque ellos no sabían cómo. Amigos del pueblo que daban discursos de despedida, familiares que vinieron manejando durante muchas horas para desearle a don Toño buen camino.

En las familias católicas se acostumbra hacer nueve días de misas y rezos tras el entierro para pedir por el descanso de su alma. Hay que dar algo de comer, de beber y souvenirs. La gente se sigue ofreciendo a ayudar, a regalar el agua, o el pan, a hacer o comprar los recuerdos, a rezar el rosario. ¿Por qué? En nuestra comunidad es lo natural, nos ayudamos unos a los otros. Porque la muerte es una de esas condiciones relativamente justas que hemos de padecer todos. Tarde o temprano, pero siempre llega.

La viuda está acompañada y ocupada en la planeación de cada uno de los días o recibiendo los abrazos y a la gente. El último día de la novena, tras el rosario, marchamos todos los asistentes en caravana desde la casa hasta el panteón, al frente una o dos personas cargan la cruz que ha de adornar la reciente tumba.

Ese día me puse un vestido amarillo que me hizo nuestra costurera. Era de un amarillo sólido que cubría mi cuerpo de diez años en una tela fresca que se unía al centro por unos bonitos y delicados botones. Lo elegí porque era su color favorito y quería combinar con las flores que pusimos encima de su tumba.  Todos decían que debía llevar negro, mi mamá me dijo que me pusiera algo que me hiciera sentir cerca de él.

Después del ritual de levantar la cruz volvimos a la que ahora era sólo la casa de mi abuelita. Los pocos familiares que quedaban se despidieron y regresaron a sus ciudades.

La casa se hizo silencio. Mi mamá me tomó de la mano y me dijo: Ahora si se viene lo bueno. Estábamos solos, con nuestra grandísima tristeza, con la silla roja, vacía, que nadie se atrevía a tocar, con una almohada que ya nadie iba a usar y que todavía olía a la pomada rancia con la que le daba “sus masajes curativos” en la espalda.

Papá nos explicó que sería ahora cuando deberíamos demostrar el amor a mi abuelita, acompañándola, entendiéndola, estando, porque la gente sigue su vida, el mundo continúa girando y todo se olvida muy rápido.

Me mudé con ella.

Las amigas la visitaban ocasionalmente, los familiares la llamaban, los tíos pasaban a veces después de misa a tomarse un café. Pero más y más, nos fuimos quedando solas, la casa se cubrió de pena y el vacío crecía, se hacía una masa gorda, densa, grasosa, imposible de esconder bajo la mesa.

Mi abuelita se fue consumiendo de a poco, antes mis ojos y pese a mis esfuerzos a veces parecía sólo una sombra triste y gris.

En la crisis, en el momento justo de la pérdida todo es tan confuso y nuevo que uno a veces no se da tiempo de sentir, o será que uno siente tanto que las emociones aún no toman una forma definida. Pero como en cualquier mar agitado, eventualmente llega la calma, la ausencia se instala permanentemente y la realidad te habla al oído y se pone cómoda a tu lado.

Así  vivimos nuestro duelo por la muerte de mi abuelito y hoy tras los temblores que tanta desolación y muerte dejaron creo que estamos todos en medio de uno.

Observo cómo afrontamos esta ruptura tan grande, ésta muerte multiplicada, ésta cuarteadura severa que se alojó en lo más profundo, que es visible, en los edificios hechos polvo, en la gente que se quedó sin patrimonio, en los que con su familia lo perdieron todo.

Ésta tristísima tragedia que lacera en nosotros, los testigos, los sobrevivientes, algo tan sagrado que no logramos comprender, nuestra mexicanidad tal vez, seguramente no nuestra raza siendo tan diversos, pero el agujero es palpable y a todos, uniformemente, independientemente del color de nuestras creencias, de nuestro grado de clasismo, de nuestro nivel de corrupción, nos duele.

En nuestra pena, velamos a los muertos, acompañamos a los dolientes en su pérdida, llenamos los minutos de historias de solidaridad, hermandad y amor. Llegan las velas, las flores y el copal en forma de víveres, medicina, cobijas, palas y picos, todos sirven, son necesarios.

Nos organizamos, hay quienes con el corazón grande y la pasión desbordada se van a comunidades, llevan la ayuda personalmente, inician campañas.  Otros están en las zonas de desastre aportando, como se pueda. Y les llega a algunos por primera vez la satisfacción tan grande que viene de la generosidad y la entrega.

Todo es amor, se siente, se agradece.

Y en medio de todo eso, no puedo evitar preguntarme. ¿Que va a pasar cuando la novena termine? Cuando las flores se marchiten, cuando la viuda se quede sola en casa, cuando los familiares se hayan ido todos, cuando el vació sea obscuro y lastimoso. Cuando el mar se calme, la vida siga, el mundo gire y la gente olvide.

Habrá quien le ponga música al silencio, quien reconstruya las casas, quien haga nuevas leyes, quien castigue a los responsables, quien haga transparentes los sistemas de ayuda y reafirmen la confianza de la gente, quien se concentre en enviar los recursos QUE SON DE TODOS a las partes que de verdad hace falta, quien pare la rapiña, quien acompañe a los dolientes, quien ayude a que lo evitable no se repita.

¿Nos quedaremos tras la novena?

 

nos quedaremos tras la novena

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