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El miedo toca la puerta

Muchas veces, en diferentes etapas, de frente, disfrazado, pero siempre llega.

Tengo trece años. Estoy en la terminal de autobuses y veo a mi mamá decirme adiós desde su asiento. Se marcha y yo me quedo en esta nueva vida. Acabo de mudarme a otro estado para empezar la preparatoria.

Esto es así, después de la secundaria es necesario irte de casa si tus papás te pueden dar la oportunidad para recibir una mejor educación. Y yo estoy ahí, en esa nueva ciudad, con mi pelo largo y negro y mi piel costeña tostada, llena de expectativas, pero, sobre todo, llena de miedo.

Trece y ya tengo toda la libertad del mundo para hacer con mi vida lo que yo decida y toda la responsabilidad de tomar las mejores decisiones porque mis papás no van a estar ahí vigilando que así lo haga.

Llego a la casa que está por el momento vacía y me encierro en el baño a leer la carta que me escribió mamá. Lloro desconsolada, intentando no hacer ruido en el baño. Veo al destino de frente y quisiera evadirlo, pero mi abuela se fue de casa a los trece años, mi mamá se fue de casa a los doce, mi hermana se fue de casa a los doce, es mi turno. Lloro quedito abrazada a ese pedazo de papel que tiene nuestra historia y un poco de su olor.

¿Voy a ser feliz? ¿Me voy a adaptar? ¿Me va air bien en la escuela? ¿Voy a hacer amigos? ¿Y si algo me pasa?

El miedo está conmigo, aunque a esa edad aun no sea capaz de detectarlo tan claramente. La incertidumbre y la ansiedad siempre lo acompañan. Estamos los cuatro encerrados en el baño, se quedan a mi lado por varios meses y aunque en el día me sienta contenta y me olvide de ellos, es en las noches cuando me recuerdan su presencia.

Me siento pequeña, diminuta y muy muy asustada.

Tengo 26 años y acabo de terminar una relación larguísima. Todas las emociones se volvieron una y siento que me atacan. El líder de esa revuelta era la tristeza, semanas más tarde la rabia le ha quitado el puesto, finalmente es el miedo quien se corona como rey absoluto. Se declara el capitán de mi vida y yo desolada se lo permito. Y ahí lo siento una vez más.

Esa conocida sacudida, ese dolorcito punzante en el estómago subiendo hasta mi pecho, la misma sensación de desabrigo. Mi respiración se acelera y me falta el aire. Estoy tan asustada. No sé los cómo y entonces me olvido de los para qué. Días y días el miedo acampa conmigo en mi habitación. Me acompaña a todos lados. Estoy aterrada. Dejo al miedo que tome mis decisiones, dejo al miedo que controle mis pensamientos, dejo al miedo que se ponga al volante y me dirija. Me siento la persona más pequeña del universo. ¿Cómo le voy a hacer? ¿Y si nunca me repongo de esto?

En ese momento no lo sé identificar muy bien y lo confundo con tristeza, luego lo confundo con melancolía, después con odio. El miedo únicamente se calma con un tratamiento para miedo, con nada mas.

Tengo treinta y un años y un montón de cambios se avecinan. El miedo toca la puerta. Me mudé de casa y no le di la dirección de mi nueva morada, pero él es intuitivo y siempre la encuentra. Sé que no puedo evitarlo, pero preferiría no verlo ahorita. Y no es que el miedo sea malo, no es malo. Es necesario, a veces útil, pero no había querido lidiar con él y por eso hice oídos sordos por un buen rato.

Estoy en casa, sola y en silencio y lo escucho tocar a la puerta. A estas alturas entiendo que no es sano ignorarlo por tanto tiempo. Si está ahí es por una razón. Vuelve a tocar. O le abro o la derriba a la fuerza, así pasa cuando lo pretendes ignorar. Me decido a abrirle. No he terminado de girar la manija y ya está adentro, intempestivo, gigante. Entra haciendo ruido en mi pecho para asegurarse de que me entere de su presencia. Se instaló ahí, en segundos echó raíces, extendió los tentáculos y se expandió.

Quiere que todos sepan de él. Le avisa a la mente y manda traer a los pensamientos, todos angustiantes, espantosos. Le grita al corazón y este responde acelerándose. Mi respiración también se precipita y mientras riego las plantas sin poder ni querer contenerme me pongo a llorar.

Lloro un poquito más mientras me baño. Lloro mientras hago la sopa. Sigo con mis actividades y al mismo tiempo dejo salir el llanto. Esta vez ruidoso, largo y profundo.

El miedo me susurra cosas al oído. Lo oigo, pero sé que no tengo que creerle todo lo que me dice. Lo bueno de los años es que si te dejas te enseñan, lo bueno de las caídas es que si te pones listo desarrollas herramientas y gracias a eso es que hoy puedo nombrar y manejar mejor mis emociones en lugar de enterrarlas.

Se puede parecer al enojo o la tristeza pero yo sé que es miedo y tengo que darle la medicina para el miedo.

Me siento por un momento y hago uso de un truco casi mágico que aprendí hace algunas primaveras. Me ayuda a calmar los océanos más agitados y las tormentas más amenazantes.

Respiro entonces profunda y pausadamente. Pongo una mano sobre mi pecho. Siento ahí abajo esta emoción que si no lo atiendo me paraliza y me hace percibirme tan chiquita y vulnerable, tan frágil y temerosa.

Yo no me asusto, ya estoy grande, se que todas las emociones son pasajeras, pero dentro de mí, en la parte más inocente y bonita que habito, vive una niña y el miedo con su llegada la tiene petrificada.

La veo y está en una esquinita llorando hecha bolita. Qué miedo tiene, se siente asustada y desprotegida. La incertidumbre y la ansiedad están junto a ella, quién sabe qué cosas le habrán dicho a la pobrecilla. Se ve pequeña y quebradiza.

La llamo por su nombre y le tomo las manos. Siento su pielecita tierna y suave y ahí frente a frente le digo que yo, la adulta, la voy a cuidar, que yo la adulta me voy a asegurar de que ella esté bien, que yo la adulta estoy con ella y que así, ella nunca está sola. Que los cambios son buenos e inevitables y que vamos a estar bien.

Me froto el pecho suavemente en círculos con los ojos cerrados y le digo a mi niña interna que estamos juntas, que la quiero, que somos fuertes, que podemos, que todo pasa y no pasa nada. Le prometo una vez más, como tantas otras veces, que yo la voy a proteger. Le digo que lo desconocido no es malo, le recuerdo que nos gustan las aventuras y le pido que confiemos en la vida porque sabe, es buena y nos cuida.

Mi niña se tranquiliza.

Le suplico que esté siempre atenta para no perderse las maravillas que seguramente nos esperan en este nuevo episodio. Le ruego que en cada despertar vea los colores en el cielo y que encuentre la belleza aún en los grises más monótonos. Que se maraville con las flores y descubra los olores, los sonidos, las sensaciones, texturas y sabores. Y que siga como hasta ahora sorprendiéndose de todo, siempre, para siempre.

Apapachándome despacito, con paciencia y muchísimo amor. Poco a poco percibo al miedo también calmarse, se hace mucho más pequeño. Mi cuerpo se relaja y mi respiración vuelve poco a poco a la normalidad.

Ya me sé como va esto y sé que el miedo va a quedarse por un rato y eso está bien, ya se cómo se manifiesta, ya se los pensamientos que me genera, ya sé que a veces se parece a otras emociones, pero con atención yo sé identificarlo. He hablado con él y le he dado las reglas de la casa y le he pedido que se las comunique a ansiedad y a incertidumbre. Le he dicho que debe tener cuidado con la niña porque es nuestro trabajo protegerla.

Él no está aquí para hacerme daño, realmente cree que estamos en peligro, realmente está asustado, pero yo soy la grande, yo soy la que tiene que traer el orden a mis emociones, yo soy la que tiene que gobernarse.

Mientras lo tengo de visita sé que con mi remedio mágico siempre puedo apaciguarlo y regresarlo a su tamaño real. Así, cuando tenga algo que decirme podemos platicar de frente sin tener que gritar. Me dirá con detalle lo que lo trajo a mí, me contará por qué piensa que estamos bajo amenaza. Yo lo voy a escuchar sin creerme sus historias. No lo voy a echar a la calle a la fuerza. Él va a quedarse el tiempo que sea necesario, hasta que se de cuenta de que estamos bien, que no estamos en peligro. Me va a dar diez mil razones por las que él cree que debo dejarlo tomar las decisiones. Amorosamente le voy a dar diez mil y un razones para que sepa que las decisiones las voy a tomar yo.

Es verdad que crecer duele un poco, pero también es verdad que la vida no es, está siendo. Está siendo movimiento, cambio y transformación. La paz en el alma que uno necesita depende en gran medida de nuestra capacidad para aceptar y dejar ir a lo que se le haya acabado su tiempo. Y luego abrir los brazos bien grandes para todo lo maravilloso que está por llegar. La aventura nos aguarda.

Con todo mi amor

Clo.

2 thoughts on “El miedo toca la puerta

  1. Siempre me admiré mucho de lo chiquita que eras cuando te fuiste a vivir sola y aunque yo también salí chica de mi casa, siempre pensé que ya estaba “grande”.
    No hay mejor compañero de aventuras en la vida que uno mismo y a mi me encanta aventarme a la vida, así como si me tirara de un avión, a la brava, de un madrazo y sin ver atrás.
    Todas las cosas que tú has vivido y los lugares que has visitado, la gente que has conocido y las experiencias que has pasado son, desde mi perspectiva, padrísimas! Sé que cada uno vive lo que toca pero me habría encantado pasar por lo que tu, ser independiente desde tan chica, ir a tantos lugares, aprender tantas cosas, ver tantos paisajes, uff!
    No tengas miedo Torto (es más fácil decirlo, lo sé), tu vida es una aventura increíble y aunque no lo sepas, atrás de ti habemos gente que estamos contigo y pensamos en ti 😉

  2. Wow… se me hizo el corazón chiquito y luego esponjado al leerte. Gracias por el cariño y las porras. Es verdad, a cada unos nos toca un camino diferente y todos tienen sus retos, emociones y enseñanzas, para no sufrirle y no engancharse el reto es verlo como una aventura y que de verdad eso es, porque en este cuerpo sabrozón y terrenal, en esta vida tan complicada a veces pero infinitamente hermosa, sólo estamos de pasadita. Gracias por el mensaje, por estar conmigo y pensarme. Un abrazo enorme.

    A veces Ana a veces Clo.

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