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La partícula de Dios

Le busqué pensando que me buscaba a mí misma. Le encontré en ríos, en montañas, en lagos, en árboles casi kilométricos, en el cielo indeciso, en la hierba danzante, en las mañanas aun desdibujadas. En las cascadas, en los cañones, en los ríos.

Recorrí el mundo en su búsqueda, en mi propia búsqueda y me di cuenta de que podía sentirle con más fuerza siempre que estuviera en la naturaleza. Le encontré en el mar sabio e infinito y también en la pequeña hoja que cambiaba de color.

Al final de mi pesquisa, con el corazón más atento, fui capaz de verle en los lugares más inusuales, en el parque abarrotado de una metrópoli, en el bullicio de una reunión familiar, en mi propio llanto.

Dios, la energía creadora, el universo, están siempre ahí.

¿Afuera?

Sí, pero también dentro, por eso cuando estamos en la naturaleza sentimos que algo se conecta. Algo dentro se enciende al detectar esa magia de afuera, de la que también somos parte y el subidón de energía sucede.

Deseamos conexión, necesitamos sentir que somos parte de algo, pero somos parte de todo. Realmente somos uno con el todo, con cada ser con el que cohabitamos en este plano terrenal.

Estamos escritos con la misma pluma, en diferente hoja puede ser, a veces en un idioma distinto, pero venimos de la misma fuente.

Es increíble como en un mundo de más de 7 mil millones de personas podemos sentirnos tan solos, ¿por qué?

Porque estamos desconectados unos de los otros, de nosotros mismos, de la gran fuente de energía. Porque no sabemos la divinidad que nos compone.

Y empezamos buscando esa conexión afuera pero el interruptor se enciende desde dentro.

Hace tiempo sé que la partícula de Dios vive en mí, es mi parte más amable, la más sabia, la más generosa.

Es por eso que las respuestas están siempre ahí, es por eso que aun estando sola, en cualquier lugar le puedo saber conmigo.

Una porción de la gran fuente de energía, la partícula de Dios, la materia con la que fue hecho el universo, todo vive en mí, en cada ser, en ti.

 

Eso que tenemos dentro es lo que se conecta con lo de afuera. Son esos átomos, esas migas, lo que nos hacen sentir conectados y vivos.

Me tomo un té y observo que se asoma por la ventana un día que promete ser gris, lluvioso y frio. Me pregunto si será posible ir al bosque a ver sus colores, a contemplar la vida.

Pienso en lo mucho que anhelo conectarme y dar gracias. Pienso que me hace falta un pedazo de naturaleza para empezar con más bríos este nuevo año.

Añoro el aire fresco, el cantar de las ramas aun cuando en esta época del año están desnudas, el crujir de las hojas.

Quiero un poco de esa energía, abrazar un árbol y creerme como siempre que los abrazo uno más de ellos, otra creación de la naturaleza, porque eso soy, porque eso somos.

Y entonces llega corriendo una bolita de carne con los rizos alborotados, se prende de mi pierna y me da un libro para que se lo lea.

Me siento en el piso, se acomoda en mi regazo, lo lleno de besos y toco su piel suavecita. Antes me he sentido creadora al tener un cuerpo dentro de mi cuerpo. Hoy creo que fui portal, incubadora, vasija, receptáculo de algo que la biología y esa energía de vida pudo en mí crear.

Veo a mi hijo y ahí entre las cuatro paredes de mi casa tengo ese subidón de energía que tanto sentía que me hacía falta. En esa simplicidad puedo dar testimonio de la presencia de Dios. Me siento parte de esa energía cósmica que hace posible que este planeta tan maravilloso exista. Clavo mi nariz en su cuello, lo abrazo, estoy conectada.

Siento en mi activarse a la partícula de Dios que me habita, a esos polvos del cosmos que en mí viven. Noto a mi cuerpo como un todo reaccionar y una ola de gratitud y amor rompen en mi costa corporal.

Estoy conectada, esto es estar conectada. Porque siento la energía transitar cada rincón de mi ser. Esta es la fuente del todo recordándome que estoy viva, que soy parte de un universo perfecto.

Me conecto.

La partícula de Dios que vive dentro de mí se conecta con la partícula de Dios que vive dentro de mi hijo. La materia del cosmos que está en sus entrañas hace simbiosis con la materia del cosmos que existen en mí.

Me conecto así con Dios, con el universo, con mi hijo, con cada ser, conmigo.

Es él o ella, la fuente del todo, el universo, es Dios, soy yo, somos todos.

Me habla y cuando estoy atenta y dispuesta a escuchar, aunque no sea lo que quiero oír, siempre me ayuda con respuesta. De esa energía, de ese Dios, el mío, el particular, me sostengo, me ayudo, me guío.

Se manifiesta indudablemente en la naturaleza, con más fuerza ahí sin falta se encuentra. En crisis, en días de desasosiego, cuando estoy realmente perdida, cuando siento que no puedo más o cuando quiero dar las gracias sé que ahí va a estar, en su casa, esperándome.

En un bosque, en una caminata a la montaña, en el sonido del rio, en los árboles, en todos los árboles.

Pero también le siento en los abrazos, corazón con corazón. Al rozar el aire mi cara. En el servicio a los otros, ayudando, compartiendo soy el vehículo para que otras personas puedan sentirle también. Le veo en cada atardecer. En las catarinas que viven en mi jardín. En las nubes. En las semillas que germinan en mi pequeño huerto, en mi cachorro, en mi hijo.

Sin moverme ni un centímetro puedo encontrarle en el momento presente, en el aquí y el ahora. Pongo una mano sobre mi abdomen, la otra sobre mi pecho y siento a la vida atravesarme respiración a respiración, siento a mi corazón latir gustoso.

Durante esos segundos entiendo que todo lo bello que me rodea es para mí y conmigo, que somos lo mismo y que lo único que existe es lo que está sucediendo ahora y como es, es perfecto.

Observo lo que tengo alrededor, todo aquello que sé que también tiene esa partícula, esa materia, pongo atención, siempre está ahí.

Respiro profundo.

Me conecto.

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