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Domingo de recuerdo de Domingo

Recuerdo de Domingo.

Cuando era niña los domingos eran siempre un día especial, nos levantábamos temprano a regañadientes a arreglarnos para ir a la misa de los niños. Le daba los buenos días a mi muñeco favorito que era del chavo del ocho y me alistaba. Casi siempre usábamos un vestido lleno de holanes y cuellos que mi abuela nos compraba y calcetas caladas con holanes por elección propia. Tenía una relación de amor y odio con esos vestidos, si, eran estorbosos, pero los vestidos de holanes eran superiores a todos los demás a la hora de girar y girar y girar.

Mi hermana se peinaba con una coleta relamida perfecta, a mí me peinaban a punta de jalones con una coleta de lado que era la que menos me chocaba. Odiaba los jalones del cepillo y mi mamá y yo peleábamos mucho por eso, hasta que se dio por vencida y me compró puras diademas. Yo estaba eternamente despeinada, pero las dos fuimos felices.

Al final de la misa, mi hermana y yo nos alineábamos frente al altar con todos los otros niños y el padre Paz aventaba agua bendita. Cuando no me caía en la cara, iba a la pila bautismal y me empapaba la mano para ponerme en la frente en la nuca y luego persignarme, no por otra cosa, pero para ser precavida.

De la iglesia nos íbamos directo a la tienda a ayudar, en mi casa se tomaban al pie de la letra que era un negocio familiar y estábamos involucrados todos en él desde el primer momento. Me parecía un horror cuando me tocaba cuidar y no se paraban las moscas, pero los domingos me gustaban, había movimiento.

Gente pidiendo fiado, pagando sus cuentas, dando pretextos para no pagarlas, incrementando su línea de crédito lo que indicaba que su negocio prosperaba y ellos soñaban y nosotros con ellos. Del otro lado teníamos la zapatería y la sección de ceremonias, vestidos y trajes de novio y novia, todo para un bautizo, primera comunión y hasta telas. Llegaban las novias a comprar sus vestidos que se medían en el vestidor improvisado que hacíamos entre los muebles de la bodega, recuerdo perfecto el sonido del cierre al subir por la espalda de alguna de ellas mientras mi mamá y la madrina de vestido negociaban el precio. El paquete incluía, vestido, velo, y azahar para el novio.

Gente eligiendo calzado y nosotros recomendando uno u otro, incluyendo siempre alternativas en la torre de cajas de zapatos que balaceábamos entre los brazos hasta llegar al cliente para que se los probara. Luego la negociación del precio final con el objetivo de que todos se quedaran contentos, ellos sintiendo que pagaron un precio justo y nosotros sintiendo que hicimos un buen negocio.

A la hora del almuerzo que sucedía a la carrera comíamos unos manjares, favoritos de todos, picaditas con crema y queso y salsa de molcajete o tacos con chicharrón, crema, queso, camote criollo y para mí y mi papá un chile verde fresco. Benditas comidas atropelladas de domingo, se me agua la boca con el puro recuerdo.

A las 5 de la tarde sonaban las campanas de la iglesia que esta frente a lo que fue nuestra casa y nuestra tienda, era hora del catecismo. Doña Paquita nos enseñaba a rezar con amor y paciencia entre juegos y canciones. Y nos preparaba para hacer la primera comunión. En el atrio jugábamos a los machetes, al lobo y doña Blanca, a mar y tierra y al final nos daba un boleto para intercambiarlo por dulces en la kermés que hacían cada tanto.

De camino a casa me compraba una bolsita de palomitas con salsa búfalo y limón, el mejor premio por aprender los mandatos de Dios.

No aseguro ni niego que los regresos los hiciera particularmente lentos para disfrutar mis palomitas y para que cuando llegara a la tienda estuviera casi todo guardado, excepto las cajas de zapatos, eso era divertido. Mi papá organizaba unas competencias buenísimas para guardarlos. Cerrábamos la tienda y nos íbamos a casa de mis abuelitos a merendar.

Mis abuelitos nos esperaban con plátanos machos hervidos, totopos con queso, café con leche clavel y pan tostado para mi abuela. Siempre había además algo especial que algún compadre de la montaña le habría llevado a mi abuelo. La gente lo quería mucho así que siempre tenían cosas intrigantes para comer. Frutas exóticas, huevos, carne seca de víbora, carne de venado, iguanas, quesos, etc.

A mí lo que me gustaba para cenar era el arroz blanco que había quedado de la comida y que nunca faltaba en una casa de la costa.  Lo dejaban ya frio sobre la estufa, yo le ponía queso fresco encima y listo, hasta la fecha sigue pareciéndome de lo más sabroso que existe.

Luego regresábamos a casa que quedaba a 237 pasos de la casa de mis abuelitos para prepararnos para ir a la escuela al día siguiente.

Mi mamá nos acostaba, nos persignaba y nos daba un beso y unos minutos después llegaba mi papá a taparnos, luego nos persignaba y también nos daba un beso. Ya en la cama yo rezaba el ángel de la guarda con todos sus arreglos y adiciones le dejaba sus mensajes a los ángeles y a mis santos favoritos y me quedaba dormida.

Los recuerdos de los domingos siempre quedan, me acompañan, me definen y en días como hoy me llenan de nostalgia.

A veces cuando me concentro, puedo hacer pequeños viajes en el tiempo y situarme en la cocina de mi abuela sosteniendo un plato de arroz frio y regresar a ver al comedor y observarlos a todos en ese instante en esa casa que tanto amor nos dio, a mis abuelitos, a mis papás, a mi hermana y a mi hermanito, estando ahí, todos juntos, sabiendo que nos tenemos y que no nos falta nada.

Saberme así de dichosa y amada. ¡Qué fortuna!

Otras veces regreso a la casa que fue nuestra casa y nuestra tienda, en la que crecimos, reímos, peleamos, jugamos. Está obscuro y en silencio excepto por los gatos que pelean en el tejado.

Salgo del baño y mi hermana duerme en su cama protegida de los moscos por un pabellón. Estoy descalza, el piso se siente frio, traigo puesto un camisón que me cosió la costurera de mi abuela. Nuestra habitación que se convierte cada vez más en bodega muestra los bultos que hacen las cajas de vasos y platos, los sacos de pasta y maíz palomero y las piñatas. Atravieso la cocina y rozo con los dedos el comedor de madera, veo el refrigerador verde, la bodega de zapatos, a la derecha el patio con las pilas de agua y a la izquierda el teclado que tantas peleas con mi papá habrá de ocasionarme. Me doy el tiempo y me siento por unos segundos en una de las mecedoras de cuero en donde  mi abuelita Esther que nos visitaba de Guadalajara se sentaba a cantar. Escucho el sonido del cuero estirarse y aflojarse con el movimiento.

Sigo caminando y veo la tienda que en la penumbra de la madrugada pareciera un escenario de una obra de teatro, por lo menos así se ve en mis recuerdos, con el mostrador de la época de la revolución y los anaqueles que se conservan de cuando mi bisabuelo tuvo ahí su botica, el techo alto de tejas y todo lo que mi mamá ha podido rescatar del tiempo y de la vida.

Llego a la habitación de mis papás y escucho la respiración pausada de mi mamá por debajo de los ronquidos de mi papá. Al lado está la cuna del bebé, del barandal cuelga la bata de seda rosa con la que mi mamá se cubre en las mañanas. El bebé, mi hermanito, duerme plácidamente protegido por todas las oraciones que le mando antes de dormirme. Ese bebé es mi hermano que hoy tiene treinta años.

Siento gratitud al saber que los que estábamos en esa casa seguimos. Somos más, somos distintos, casi nunca nos vamos a dormir bajo el mismo techo pero seguimos juntos y queriéndonos.

Los recuerdos me mantienen el corazón calientito, son prueba de la vida tan afortunada que he vivido y lo feliz y amada que he sido.

Hoy, este domingo, transita a otro ritmo, no voy a misa, la casa de mis abuelos ya no es mas, mi abuela ya no nos visita de Guadalajara, ninguno de ellos está más en este plano, la tienda ya no existe. Ya no vivo en un pueblo empedrado de la costa guerrerense. Encontré apenas el año pasado un cepillo de pelo que no me lastima, pero sigo despeinada.

No me pongo un vestido con holanes. No hay picaditas ni tacos con queso, pero preparo unos pancakes con la ayuda de mi hijo. Ha crecido tanto, tan de prisa que ya puede estar parado en una silla en la cocina mientras jugamos a cocinar. El piso es un desastre, tira la mitad de la mezcla, se come un poco mientras no lo veo y se enoja cuando no lo dejo comer después de que le pongo huevo crudo.

Salen los pancakes del sartén y les sopla una y otra vez porque están calientes y ya quiere comérselos. Está creciendo, rapidito, convirtiéndose cada vez más en él y es realmente un privilegio poder verlo.

Los pancakes nos quedan dulces y esponjosos. Nos sentamos los tres a comerlos y mi hijo se encarga de compartirlos también con Igor.

Afuera hace frio, viento y no ha salido mucho el sol.

Mi hijo me pide que lo baje de su silla. Aun trae el delantal que le puse para cocinar. Le limpio las manos y el contacto con su piel suavecita me ancla en este momento que es tan distinto, pero igualmente glorioso. Clavo mi nariz en su cuello, lo estrujo contra mi cuerpo y lo pongo en el piso.

Domingo de recuerdo.

Me lleno de gratitud por lo que viví, pero también por lo que sucede aquí y ahora que entreteje los recuerdos entrañables de mi mañana. De este lado del mundo cae un poco de nieve en Abril mientras mi hijo le hace uchi uchi a su muñeco para dormirlo. Su muñeco es un pequeño chavo del ocho.

 

Clo

4 thoughts on “Domingo de recuerdo de Domingo

  1. Sin duda tienes mucho talento , fue tan lindo descubrir mientras leía que mencionas a mi madre y soy afortunada de haber vivido en ese pueblo que nos trae tantos bellos recuerdos . Lloré de la emoción que me provocó tu crónica la cuál me la compartió tu papá . Hoy llevo una amistad con ambos y soy feliz de tenerlos como amigos . Saludos hermosa

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